Cansado estoy de escuchar en
diferentes foros de opinión, conversaciones y tertulias esta frase: “El Señor
de los Anillos no está mal pero es un poco rollo, porque se pasa más tiempo describiendo
el paisaje que las batallas y las escenas de acción; prefiero los libros de la
Dragonlance (en ese momento me atraganto con la cerveza y rezo una silenciosa
plegaria a los Dioses Primigenios por la mente de mi interlocutor), ahí si que
hay acción, nada de descripciones aburridas”.
No hace mucho, llegó a mis manos
un libro llamado “Borges Profesor;
Curso
de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires”. Este libro se confeccionó en
base a las grabaciones en cinta magnetofónica realizadas por un pequeño grupo de alumnos de literatura inglesa con el fin de que pudieran estudiar aquellos alumnos del curso que por su
trabajo no podían asistir a las clases en el horario establecido. Las
grabaciones son del año 1966, año en que fueron dictadas estas clases por el
profesor D. Jorge Luis Borges.
El libro en sí es magnífico (es
traducción literal de las clases del insigne escritor) y desde mi punto de
vista esencial para los amantes (como yo) de la literatura medieval anglosajona
, de la cual Borges era uno de los mayores conocedores de su tiempo, ya que no
en balde emprendió el aprendizaje autodidacto del anglosajón, lengua hablada en
Inglaterra entre los siglos VII y XII, y el islandés antiguo, traduciendo
también del islandés parte de la Edda menor de Snorri Sturluson.
En dicho libro podemos encontrar
una clave que quizás explique esa pasión de Tolkien por describir el paisaje
que rodea a los personajes de sus obras y que tanta fatiga provoca al parecer
en lectores de literatura fantástica. En la clase nº 3 del lunes 17 de octubre
de 1966 sobre el “El Beowulf. La valentía y la jactancia”, Borges explica a sus
alumnos cómo “La descripción de la laguna y los alrededores abarca unos
veinte versos. Esto ahora no nos asombra, pero pensemos que el poema fue
redactado a fines del siglo VII o, según opinan los eruditos, a principios del
siglo VIII, y está lleno del sentimiento de la naturaleza. Este sentimiento
tarda mucho en aparecer en las otras literaturas.”, añadiendo líneas después el siguiente párrafo revelador “En
cambio, en el Beowulf tenemos el sentimiento de la naturaleza como algo
temible, por lo demás, como algo hostil a los hombres; el sentimiento de la
noche y de la oscuridad como algo temible, como ciertamente lo fueron para los
sajones, que se habían establecido en un país desconocido cuya geografía fueron
descubriendo a medida que iban conquistando el país. Seguramente los primeros
invasores germánicos no tenían una noción muy precisa de la geografía de
Inglaterra. Es absurdo imaginar que Horsa o Hengest vieron un mapa. Del
todo increíble.”
No podemos olvidar que según John
Garth, autor del libro Tolkien and the Great War, el autor de El
señor de los anillos leyó y adoró Beowulf, teniendo un gran
impacto sobre sus escritos ya que consideraba a esa obra cargada de historia,
sombría, trágica, siniestra y curiosamente real. De hecho este año se publica
la traducción que hizo del poema en el año 1926, nunca editada hasta ahora.
Parece evidente, a la vista de lo
anteriormente expuesto, la importancia del paisaje en la obra de Tolkien no
como un elemento pasivo o meramente decorativo, sino como un personaje más de
la historia al que o bien hay que vencer (recordemos el paso de Caradhras y el
vagabundeo por el atormentado paisaje
de Mordor), o bien es un lugar de ensoñación donde reponerse y descansar
(Rivendel y Lórien), o es la pequeña Itaca donde se el héroe desea regresar
tras su odisea (La Comarca). Está claro que una vaga descripción no dotará de
vida a estas localizaciones, por eso Tolkien se recrea en ellas, llenándolas de
una personalidad diferente y propia, unas veces amable y otras nostálgicas y a
la vez amenazantes, como podemos comprobar, a leer el pasaje de las minas de
Moria.
Yo, que he leído tanto El Señor
de los anillos (muchas veces) como los libros de Las crónicas de la Dragonlance
(una vez y gracias) además de otras muchas obras de literatura fantástica, he
experimentado que en el caso de la obra de Tolkien no sólo recuerdo a sus
personajes, sino que recuerdo el paisaje y las diferentes localizaciones con la
misma frescura que a los primeros, ya que sus autor se esforzó no sólo por
describir las aventuras de los héroes sino porque pudiéramos ver, e incluso
oler y escuchar los sonidos, de la Tierra Media.







